A modo de reflexión propia, quisiera
comenzar este escrito refiriéndome a la figura y el papel de Sócrates como
maestro. La figura de Sócrates como inspirador en el trato con las demás personas, es un hombre valiente que al enfrentarse a los jueces que tienen el
poder de condenarlo a la pena de muerte, al mismo tiempo enfrenta la envidia
que hay en contra suya. Su único intento
por defenderse, consiste en buscar la verdad a través del diálogo con sus
interlocutores.
Sin lugar a dudas que Sócrates ha sido inspirador de muchos, como parte fundamental del “lenguajear”, como dice la “Ontología de Lenguaje”, al observar podemos indagar, hablar para comprender al otro, para escuchar sus inquietudes. Al conocer su forma de observar la situación y los cursos de acción que considera más adecuados, podemos llegar a conocer a las demás personas, ya que al lenguajear podemos percatarnos a través de un constante accionar, como los otros se hacen participes de mi existencia.[1]
Es
claro que la filosofía socrática es actual, ya que es importante para poder
formar espacios de convivencia. El hecho de con-vivir con los demás en la
sociedad y sobretodo en la escuela, el aula, donde se deben generar espacios de
participación en las clases, donde se motiva a los alumnos para que discutan
diferentes temas que tengan importancia para una mejor convivencia. La
reflexión entonces, se presenta como un eje importante para la consecución de
los objetivos transversales; como el
crecimiento y la autoafirmación personal, la persona y su entorno, el
desarrollo del pensamiento y la formación ética. Por lo tanto, me parece de vital importancia fomentar los
valores que Sócrates nos muestra en sus palabras, a saber: la humildad, la
valentía, la dignidad, la verdad.
Para ello debemos hacer referencia a que hay que realizar una profunda búsqueda del pensar en la práctica con el ser humano, el pensar en la práctica educativa con una visión fundamental de la praxis humana. Es por esto que toda educación debe ser problematizadora y liberadora, humanista: personas como seres “siendo”, inconclusos, en realidad histórica, inacabada. Sujetos de su propia acción, protagónicos, donde la Educación se presente como quehacer permanente para la formación, desmitificando la realidad y conducente a la libertad y a un pensamiento crítico. Es así como “conociendo y nombrando la realidad, puede superar las limitaciones de ésta logrando capacitarse para diálogo con otros.” (VVAA, 1994, p 95)
Frente a esto debemos tener claro cuales son los principios fundados de nuestros actos, porque nuestro actuar debe ser pensada, desde un compartir a partir de la ética de mínimos y de máximos[2]; la primera, hace referencia a mínimos compartidos de justicia como dimensión universalizable del fenómeno moral, teniendo presente a la cultura cívica como espacio de fundamento de la convivencia, cuyo espacio aporta a la Democracia, valores de libertad, igualdad, solidaridad y respeto. Siendo personas que vivivimos en una comunidad debemos respetar la ética de máximos, donde los ideales de felicidad, vida buena, vivir bien y obrar bien, dan sentido a la vida dentro de cosmovisiones[3], donde la persona pertenece a un espacio cultural comunitario, pudiendo tener modelos de conducta a seguir para llegar a ser una persona integral. Para respetar activamente la propia persona y a las demás personas, trabajar por la paz y por el desarrollo de los pueblos, conservar el medio ambiente y entregarlo a las generaciones futuras. Los valores anteriores permiten articular los restantes, a saber: lealtad, honradez, belleza, simpatía y utilidad. Hacerse responsable de aquellos que le han sido encomendados y estar dispuesto/a a resolver mediante el diálogo, los problemas que pueden surgir con aquellos que comparten con él/ella el mundo y la vida. (Cortina, A. 1999)
Finalmente quisiera concluir este ensayo haciendo referencia al diálogo por excelencia, el que posee una virtud especial, nos permite darnos cuenta de lo que representamos nosotros mismos y los demás. A través del diálogo somos personas que constantemente podemos transformar nuestros espacios, teniendo en cuenta nuestro propio accionar, de modo que éste se transforme en reflexión para nosotros mismos y para los que me acompañan en la vida.
Sin lugar a dudas que Sócrates ha sido inspirador de muchos, como parte fundamental del “lenguajear”, como dice la “Ontología de Lenguaje”, al observar podemos indagar, hablar para comprender al otro, para escuchar sus inquietudes. Al conocer su forma de observar la situación y los cursos de acción que considera más adecuados, podemos llegar a conocer a las demás personas, ya que al lenguajear podemos percatarnos a través de un constante accionar, como los otros se hacen participes de mi existencia.[1]
Para ello debemos hacer referencia a que hay que realizar una profunda búsqueda del pensar en la práctica con el ser humano, el pensar en la práctica educativa con una visión fundamental de la praxis humana. Es por esto que toda educación debe ser problematizadora y liberadora, humanista: personas como seres “siendo”, inconclusos, en realidad histórica, inacabada. Sujetos de su propia acción, protagónicos, donde la Educación se presente como quehacer permanente para la formación, desmitificando la realidad y conducente a la libertad y a un pensamiento crítico. Es así como “conociendo y nombrando la realidad, puede superar las limitaciones de ésta logrando capacitarse para diálogo con otros.” (VVAA, 1994, p 95)
Finalmente quisiera concluir este ensayo haciendo referencia al diálogo por excelencia, el que posee una virtud especial, nos permite darnos cuenta de lo que representamos nosotros mismos y los demás. A través del diálogo somos personas que constantemente podemos transformar nuestros espacios, teniendo en cuenta nuestro propio accionar, de modo que éste se transforme en reflexión para nosotros mismos y para los que me acompañan en la vida.
[1] Esta reflexión e interpretación que
hago de Sócrates con la Ontología del lenguaje, es a partir de la lectura
realizada en el curso (durante el primer trimestre de la Asignatura de
Epistemología y axiología para la política y gestión del programa Magíster en
política y Gestión de la UTAL) del texto
de Rafael Echeverria “Ontología del lenguaje”.

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